Eté

Nació caído. En un patio trasero. Carmela, que tendía sábanas inmaculadas, lo recogió del suelo y lo depositó en el cesto de la colada. A continuación llamó a las vecinas, que los misterios, en compañía, se amansan.

—Coño, Carmela, pues el hijo que tanto has pedido —sentenció Encarna—. Feo, no te lo discuto, pero hijo. Esa es la cabeza, aquello las piernecitas, los bracicos… El pellejo estropajo y pardo despista, mujer.

Y ahí fue cuando Encarna, vieja comadre de manos artríticas, intentó cogerlo. Al rozarlo sus dedos ramaje de olivo se enderezaron y recuperaron el rosado salud. Ese fue el primer milagro del niño de la Carmela. Después vinieron la quijada revuelta de Leandro el cantinero, el andar escocío de Pepita «la Fumadora» y el ojo descoyuntado de Diego, el sacristán.

Comprobado que era niño y santo tocaba ponerle nombre. Los vecinos propusieron Dios o Cagarruto. Dios podía no ser verdad, y con Cagarruto se acertaba seguro. Don Julián, el párroco, lo bautizó a tientas, aprovechando los siete convites de Leandro, una mamada de balde de Pepita y las prisas de Diego.

Cagarruto creció contrahecho y enclenque mientras su fama de santito se extendía por la comarca. Se especializó en verrugas que escarban, herrumbres de muelas, migrañas bravas y amores que se agarran a la sesera.

—¡Cagarruto, hijo mío, unos señores de lejos quieren verte! —lo llamaba Carmela en el patio trasero.

Y Cagarruto, espantoso y cojitranco, retaco, y cuello de jirafa en acordeón, aparecía apartando sábanas inmaculadas tendidas al sol.

—No se asusten, caballeros, que mi hijo es así.

Pero los caballeros se asustaban. Hasta que Cagarruto los enmendaba. Entonces se lo comían a besos. Y suspiraban:

—¡Mira que es inverosímil el mundo, rediós!

Cagarruto se murió de unas toses tozudas. El niño no atinó a curarse y el mal se le acurrucó. Cuando la Carmela, de rodillas, suplicó ayuda al boticario —un solterón abstemio, casto y ateo con quien de mocita estuvo ennoviada— este se negó. La ciencia, a menudo, tiene prontos de religión.

Al funeral de Cagarruto —oficiado también por Don Julián y también a tientas— acudieron más vecinos que cuando el obispo, en aquellos años duros del hambre, invitó al pueblo a rosquillas de anís y chocolate. Lo enterraron en el patio trasero de la Carmela. En una tumbita sombreada por sábanas inmaculadas tendidas al sol.

Y aún hoy, cuando alguna preñada está a punto de salir de cuentas, cuando se arranca una empresa o se avecina un largo viaje, o cuando una dolencia no se conforma y va a peor, los vecinos suelen visitar a la ancianita Carmela. Le dan la conversación que convenga, le pasan el plumero a los muebles, le dejan hecha una tortilla de papas en la nevera, y, para irse despidiendo, la ayudan a tender la colada.

5 Comentarios:

klee dijo...

bonita historia

Paloma Corrales dijo...

Desde los "secretos que en compañía se amansan" (aunque leí amasan y me gustó ^^), hasta "esas toses tozudas" y el "mal acurrucado", me atrapó. Muy bueno.

Un beso.

Beatriz Boca dijo...

Empiezas a resultarme inconfundible, antero, y siempre maravilloso. Mil besos. Y a ver si nos damos esa conversación que nos debemos.

Humberto Dib dijo...

Buenas entrada y buen blog, voy a seguirte.
Un saludo afectuoso.
Humberto.

tecla dijo...

¿Te llamas Antero? Yo también te estoy siguendo.
Saludos.

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