Taxidermias Edipo (II)

Total, que el sueño de doña Angustias de verse abuela con el árbol genealógico florecido cogía cuerpo. Porque averiguada la tecla que había que apretarle a su Javierín, solo restaba apañar un espécimen femenino sano que quisiera incorporarse a este circo.
Pero ahí pinchó hueso la doña.

Javier Zafra, el mejor partido de la comarca, todo sea dicho, cumplía de largo con las expectativas de las cortejadas durante los preliminares; planta hombruna, educado y detallista, propenso a escuchar, sin amigotes. Hasta ahí perfecto. Pero cuando la relación exigía ascender otro peldaño y sonaban en lontananza coros de pedida, y la madre de Javierín, previsora, mantenía un aparte con su futura nuera sobre las querencias encamadas de su hijo, la moza pasaba por cuatro fases bien definidas:

1.- Se tronchaba de risa.
2.- Vamos, se descojonaba viva.
3.- Guardaba silencio, se enjuagaba las lágrimas, y, muy seria, escrutaba a su suegra.
4.- Confirmado, pues, que el cuento no era coña con la que esta familia solía embromar a la futura parentela, empuñaba el palo de la escoba y reculaba hacia la puerta dispensando estacazos a diestro y siniestro.

No le quedó otro remedio a doña Angustias que el Remedio. El Remedio de Nuestro Dolorido Jesús era una academia para señoritas invidentes de Salamanca, y en esa institución la madre de Javierín encontró material al por mayor donde remanar y remanar. Se decantó por Anita, un ángel inocente al que el mismo Satanás le vació la vista para obtener los galones del Infierno. Noviazgo corto pero exhibido, paseos por la plaza de la Fuente, asientos distinguidos en la iglesia, en el cine, en la terraza del balneario, y contrajeron la enfermedad. El matrimonio, entiéndaseme.

Y en estas nos plantamos en la luna de miel, casera y sentida, que el achaque de Anita tampoco invitaba a lejanías. Papi y mami, calladitos, se cuelan en la alcoba nupcial, interpretan a las mil maravillas el papel que les correspondía en la función, Javierín se anima, se anima una barbaridad, y Anita flipa en colores amarillos, verdes y marrones.

—Angustias, por favor —le susurraba don Germán a su esposa mientras los dos tortolitos, agotados y abrazados, dormían en estampa romanticona—, ¿tú crees que esto es normal?
—Calla.
—Pero…
—Ni peros, ni manzanos. Piensa en nuestros nietos y cierra el pico.

Y don Germán pensó en sus nietecillos y cerró el pico durante unos siete años. Hasta que se le acabó la cuerda. Murió de una de aquellas dolencias entendibles de las que se morían antes las personas, de un patatús que le cogió mitad en la cabeza, mitad en el pecho. Niños, u otro tipo de homínido que diera el pego, el pobre viejo ni los olió, que no hubo cigüeña con redaños para portar una pizza a aquella barriada.

Por su parte, Doña Angustias, Agustina de Aragón donde las haya, resistió al pie del cañón otras dos décadas, que la carencia de un consorte o partenaire no supuso ningún insalvable escollo en su sacrificada labor. Entraba de puntillas en la alcoba matrimonial las noches que su hijo lo solicitaba, se apalancaba desnuda en un sillón de mimbre colocado para lo mismo, y ponía en práctica una ristra de tocamientos y sobos —pulidos con el uso y la costumbre— que catapultaban a los infinitos la libido de su Javierín.

Aunque, sí, en efecto, a todos los cerdos les llega su san Martín.

1 Comentario:

jojoaquin dijo...

muy buena segunda parte. A la altura de la primera. sabes envolver el relato de una atmósfera entrañable que convierte esta historia semincestuosa en algo natural. Maestría de artesano. Saludos

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