Taxidermias Edipo (y III)

Que le pidieran embalsamar a una madre producía escalofríos y erizaba la pelusilla de la nuca, pero a decir verdad, Sebastián Mercader, tercera generación de taxidermistas, era un tipo viajado y medio leído, y allá cada uno con sus cadaunadas, copón. Sin embargo, la amplitud de miras y la capacidad de comprensión de Sebastián se fueron al carajo, o traspasaron de largo el carajo, cuando Javier Zafra le describió la postura espeluznantemente lasciva que debía adoptar en la momificación el cadáver de la venerable anciana.

—Oiga, en serio, ¿está usted bien de la cabeza?

Bien, mal o regular, lo cierto fue que las reticencias de Sebastián se amansaron. El taxidermista exigió un precio desmedido por la faena, estimando que así se libraría de aquel chiflado, y para su estupor aquel chiflado estuvo conforme con el presupuesto sin rechiste ni ademán de regateo.

Pues eso, que allá cada uno con sus cadaunadas.

Abreviemos. Llegaba el sábado sabadete, Javier sacaba a doña Angustias de su armario, la acomodaba en el sillón de mimbre de la alcoba matrimonial, unos instantes de arrobada contemplación para el encendido de motores…

—Mi vida, te estoy esperando —anunciaba Anita.

Y listo y dispuesto como un reloj.

Y de sabadete en sabadete nos plantamos en la noche donde esta historia toca retreta. Un calefactor encendido. Una mesa camilla cercana. Y un incendio de mil pares de narices. Javierín despierta antes de que la humareda lo asfixie, se carga a Anita a las espaldas, y sale escopeteado por la ventana hacia el gentío que se había congregado fuera.

—¡Gracias al cielo que tú y Ana os encontráis a salvo!
—¡Que no ha habido desgracias personales!
—¡Sí, lo demás se puede reponer —los consolaban sus vecinos.

Y Javierín, jadeante, tiznado por el humo, por fin se acordó de lo suyo. Trataron de retenerlo vecinos y bomberos, pero la furia del tontorrón era inusitada. Se introdujo aullando en la casa pasto de las llamas y no volvió a asomar.

Tras el suicidio de su marido Anita se descocó y estuvo en un tris de ser la primera azafata ciega en la época dorada del «Un, dos, tres». Aunque consumida la inevitable etapa de dolor y desparrame, volvió en sí y al pueblo. Llegó a alcaldesa, y a pesar de que jamás sospechó el motivo por el que su marido, aquella trágica noche, se arrojó a las llamas, no lo bajó de los cuernos de la luna, paradigma incomparable de las tres “or”: trabajador, poco hablador y gran follador.

Como son todos los hombres que guarda Dios en su gloria.

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