Dolores, la Curadora

En su estreno cató hembra muy malamente. En la mancebía de la Dominga, con la Chata, a la sazón medio querida del señorito Gracián, con prisas y entre burlas y pullas de puta veterana. Rondaría Jacinto los dieciséis años y quedó acobardado. Tanto, tanto, que la tristura se le hincó como verruga renegra y fiera.

Araceli, que era ya mocita de pretender, servía en la venta de sus padres, en el cerro de la Candela, antes del cruce a Pozuelo, y en cuanto le echó el ojo al tal Jacinto supo que era buen ganado: percha grandota, boca para decir justo lo que había que decir, trabajador capaz y sin melindres, bonita risa pero costosa, y dulce acariciador de perros.

Araceli, desde chica, aprendió a destapar el corazón de los hombres según cómo trataran a los perros de la venta. Los que repartíanles patadas o achuchones, los que quemábanlos por el regodeo de oírlos chillar, o los manoseaban para salpicarse ternuras al tiempo que rondaban a una moza, tarde o temprano, salían con alguna porquería muy pregonada. El Alfonso Vara, el aborto que puso floja de piernas a la Gandía. El Lorenzo Romero, que mató a su hermano en una disputa por el cortijo en herencia. El Antón Potas, que estranguló por cuernos a Doñita, pero que ni tocó al torero, el señorito Gracián. El Abelardo Becerro, que se metió a cura, y el Martín Vega a bandolero torcido y robador de pobres.

Los que ni frío ni calor, los más, las almas corrientes que manda Dios hemos de ser: como su padre, el ventero Pereda, o don Trujillo, el médico, o el guardia del coto, o Muñoz, el del colmado, que daba de fiar sin pasarte a la trastienda a cobrarse adelantos.

Y los que tentaban con cariños a las personas de a cuatro patas que los perros son, santos que hacen de vientre porque no hay otro remedio que desaguarse las tripas para el cocido de mañana. Como el Clavel, que se ahorcó cuando la mujer se le fue por fiebres, o como el Armando, el de los Cubillares, que se trajo para casa a los huérfanos de la Doñita, o como… Jacinto, el del cortijo Aranda.

Jacinto visitaba la venta en sus ratos desocupados, bebía solo, de rincón, y palpaba las ancas de «Nicaora», «Greta», «Café» o «Ratero» como si estuviera tratando con cachas de hembra. Araceli observaba con ojos salíos aquellas manazas de hombre sano y a reventar de veinticinco años dando friegas, y se tenía que sentar de lo que le palpitaba el pecho y le sudaban las esquinas del cuerpo. Lo mismito que si se le apareciera un santo.

—Araceli, hija, se sientan los cojos.
—¡Sí, padre!


Por Dolores la Curadora, una vieja herbolera que entendía de aplacar dolamas y vaciar verrugas, y que los viernes y sábados, después de despachar dientes podridos, se arrancaba por romances y coplas en la venta, Araceli supo lo que le faltaba de saber de Jacinto.

—Se ve que la Chata lo dejó triste cuando mocito. Desde entonces no se le conocen amores de carne.
—¿Y de los otros?
—¿De los otros?, ¿para qué?
—Para lo que sea.
—De los otros no son amores, chiquilla.
—Dolores…
—Dime.
—Dolores...
—¿Qué?
—Dolores, yo me pienso…
—¿Qué te piensas, chiquilla?, que pareces de parto atravesao.
—¡Yo... me pienso que ese hombre no me deja pensar!
—¡Velay por las faldas remangadas de San Antonio, que el ojito derecho del ventero Pereda está poniendo los suyos en hombre! ¡Ja, ja, ja! —Más duró la vieja las risotadas por el disfrute de poner vergonzosa a la moza que por humores—. En fin, no te conformas tú con la tara, chiquilla, porque ese, aunque apaleado, es lo mejor de estos campos.
—Tú que estás andada y sabes de refranes y versos, ¿qué me dices que haga?
—El perro apaleado se lo guarda todo adentro, y cuesta el arreglo. Sacárselo a palos ya no se puede, y por las buenas ha cogido tal susto que no se te arrimará. Se te ha de venir él pero sin que lo sepa.
—¿Y cómo, contri?
—Yo de ti me fingiría la desmayada. No, la ahogada. ¿Puede ser?
—Sí, en la balsa de las Cañas.
—¿Te enseñaron escrituras?
—Me apaño con la memoria.
—Entonces debes hacer estas seis composturas la noche antes de San Miguel, con vestimentas usadas y una pulserita de San Judas. Ponme atención…


La balsa de las Cañas cogía a Jacinto de camino a su cortijo cuando salía de la venta, y allí se hizo Araceli la ahogada la noche que se mentó. Oyola gritar Jacinto, se quitó el tabardo de pana que molestaba para aguantarse en el agua, saltó a la balsa y trajo a la moza a la orilla.

—¿Estás bien, niña?, escúchame, ¿has tragado agua?, tose, escúpela, que no te encharque la respiración… ¡¿Pero qué tramabas tú a estas horas en la balsa?!

1.- No des explicaciones, que cuando se tientan carnes, sobran. Si las pidiera, llora.

—¡Ea, ea, ya está, niña, ya está, que la copla acabó, y derecha…!

2.- Abrázale y déjale que te cure la angustia.

—Araceli, vamos, que ni se ha muerto Dios ni ha resucitado el diablo. Que cuatro toses y la ropa empapada no son calamidad.

3.- Arrímate bien arrimada, para que te sienta los olores, y sin que se note que lo buscas, restriégate en su tranca, que ahí es donde guarda el hombre la memoria. La dulce y la amarga.

—Venga… no llores…

4.- Aguanta así, entre niña espantada y hembra que manda. Cuando tartamudee o calle, ya está cosido el remiendo. Para, que lo achicharras.

—…

5.- Te apartas, le miras a lo hondo y le das las gracias.

—… si no ha sido nada…

6.- Y ojo a lo que te explicaré ahora. Si quiere llevarte para su cortijo, o te deja en la noche tiritando, haz caso a esta vieja, y búscate otro romero para tu romería. Y si se te pusiera muy encendido, chiquilla, que pudiera ser, que en este guiso el tiento con la sal es difícil, le sigues el convite, y en cuanto salte la liebre, rodillazo en los cascarones y echas a correr sin mirar atrás.

—Toma, abrígate con mi tabardo, que va seco, que lo dejé en la orilla, y te llevo a la venta. ¡Te van a dar una! Por Dios, Araceli, ándate con conocimiento, que no eres chicuela, que eres mujer. ¿Y si no me hubieras pillado de camino?

Las gracias de los venteros a Jacinto fueron sonadas, como la tunda que le cascaron a la moza.
Jacinto vivía solo de padres y hermanos en el cortijo Aranda, con dos vacas que dejaba al cuidado de Trujillo cuando la siega o la aceituna. Por indicaciones de Dolores, Araceli fue asomando por el cortijo día sí y tres días no, rebonita, agradecida y dicharachera. ¿La excusa?, café o tabaco de liar obsequio de los venteros.

—¿Me allego hoy, Dolores?
—Que no, déjale que mastique hambre.


Y tanto se estiraron estas visitas, y tantos colores trajeron al cortijo Aranda, que la mocita dejó de ser forastera de las ganas con que se la esperaba.

Cuando Jacinto besó a Araceli aquello no fue un beso. La mocita se había estudiado para esta hora decires noveleros de la radio con los que se pone domados a los hombres, y que decoran con guirnaldas de verbena el ir viviendo, pero se le traspapelaron al olvido de cómo le cogió la impresión.

—¡Me cago en la santísima Virgen, Jacinto, qué manera de besar…! —dijo con el corazón y el aliento revueltos.

Y con este reniego echamos el cierre, porque lo demás, no les miento, vino a ser felicidad de esa con la que no se tejen los cuentos.

4 Comentarios:

Charcos dijo...

no hay nada para acompañar el insomnio mejor que leerte, me recuerdas tanto

besicoss

jojoaquin dijo...

me encanta la intemporalidad, las preocupaciones de los personajes y la autenticidad de ese microcosmos que has creado. Como siempre,impecable en el lenguaje y en los dialógos. Un abrazo

Beatriz Boca dijo...

estos cuentos, antero, estos cuentos!!

ártico dijo...

la distancia y la paciencia.



la inevitabilidad.

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