¿Eso quién? (VII)

—¡Qué bien mira la Persona!

Mientras no nos mate nos acostumbramos al pienso que nos echen y a los dos meses de instalarse en La Ventolera a Díaz Carreño no se le extrañaba la olor. Anita afila su lápiz, Encarni pronostica lutos, Isidoro tiene mal vino, Cáceres un vozarrón, Araceli milagrea los jueves y Díaz Carreño comparte piso con su borrica.

Fue hombre de campo Díaz Carreño. Su poquito de huerto, su poquito de ganado y su cagar culo al aire. La tumba canto con canto con la de su santa no la estrenó porque los hijos, criados en el cemento, tan pronto cojeó de la cabeza le vendieron las haciendas y lo trasplantaron a un sitio de humanidad.

—Que no resultan sanas las serranías, padre.
—Que no las recetan los médicos, padre.
—¿Dónde estará más dichoso que en un piso, padre?
—Y mantenerlo controlado, padre.
—Con el ojo encima que demanda su edad, padre.
—¿Nos siente, padre?
—Sea, pero la borrica va donde yo.

Y de este modo Díaz Carreño aterrizó en el 4ª 1ª, número 78, de la calle Mercado. Sin mediar rechiste o alboroto, que en tanto la borrica participara en el trapicheo el viejo se dejaba encular manso, pero era no avistar al animal y disponerse a morir matando.

Siete años aguantó el matrimonio mejor avenido de La Ventolera. Cuando Díaz Carreño se cansó de toser negro y ajiló al otro barrio no hubo manera cristiana de sacar a la borrica del piso. Por testaruda. Por tamaño. Y por morder como los perros. Se propuso matarla, pero en cadáver, discurrieron con tino, aumentaría en peso y pestes. Y allí permaneció la jumenta, a la espera de que la autoridad tomara cartas. Las vecinas le reservaban los recortes de verduras y hortalizas, las mondas de patatas y naranjas, le cambiaban el cubo del agua y los de la riera Las Cañas aprovechaban el estiércol para sus huertecillos.

Y con estas tres atenciones, la borrica, famélica y triste, resistía en la trinchera. De chico rebuzno y fácil soledad, asomaba la cabeza por la ventana y se entretenía viendo coches cruzar. La apodaron «la Persona». (*)









(*) Cuentecillo inspirado en el documental de Dominique Abel «Polígono Sur, el Arte de las Tres Mil».

10 Comentarios:

chatnoir dijo...

Pues te ha quedado redondo el cuentecillo! ;)
Vi el documental hace un tiempo y la verdad es que no tiene desperdicio.
Creo que me replantearé el tema de las mascotas...xD

Besos.

Occam dijo...

Que genialidad de relato, que lástima de burra, que burrada de humanos.
Pulgares arriba!!

Paloma Corrales dijo...

Jo, me ha encantado.

Beso.

Beatriz Boca dijo...

qué grande eres, Antero!

Sarco Lange dijo...

Ya está!, ahora me voy al banco tranquilo.

Abrazos.

la chica de las biscotelas dijo...

Sabes que he trabajado en las tres mil 5 años? Si nos haces una visita te llevo de paseo por allí... y te dará para un libro de cuentos completo! ;)

Jesús dijo...

Je. Fiel como un animal.

El hombre de Alabama dijo...

Y mordía. Me encanta que muerda.

El Chus dijo...

Hostia, Antero, este es bárbaro. Este te lo cojo también para el asunto.

Bigmouth dijo...

este es de ron...y voy más poco a poco.
Un abrazo.

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