A veces, siempre

Amaba sabiéndolo inevitable.
Amaba sabiendo lo inevitable.

Cuando a medio vestir,
entre tufos a intimidad frotada,
apretada por el reloj,
recoges la prisa que la prisa
de anoche arrojó por ahí,
disculpo ciertos negocios turbios de Dios
(escondo mejor tus bragas)
y deseo
ser eterno más rato.

Qué hermosura eres apresurada.

Qué hembra cuando te vas.

—El jueves en el Tolomeo, y Coplero, no me desfases, contrólate el humo. Vente despierto y con los relatos corregidos, ¿vale?, que la que se hostia con los hunos y los hotros soy yo. Te controlas el jueves, Coplero, atiéndeme, te controlas el jueves, y te la mamo que ves bizco dos meses.

Culebrean tus andares
como fandagos de Camarón,
salando pellejos, vueltos
sudor. Porque te mueves
en carnes
para hundir huella,
para pregonar olores:
porque mojas, Candela,
porque bendices.
Y yo,
estatua ajetreada,
me fijo en tu culo irse.

Tus encrucijadas vitales —facturar al cuerno al lumbreras del Carlangas, retomar la carrera con cuarenta tacos, grafitear el seat con Silvestres que machacan Piolines, pasar del entierro de tu madre, decantarte por los paraguas que llueven—, han sido ventiladas en sintonía
con ese siamés
anchado
que me duerme las ratas.

Astutas ratas.

(Falso que persigan.
Están.
Las ratas están,
son quietas,
y erizan chillidos para que se las ame.
¡Ay, esta tiniebla pasajera
y negrísima, esta tiniebla
de nube!)

«Me cago en san Satanás, hoce la miseria o escale la luna, pero mantenga un rumbo. La incoherencia denota estupidez o maldad, en ningún supuesto salimos bien parados».
Joder con los rumbos,
pudrirán los viajes
de tanto saber adónde ir.
«Y amánsese el ingenio, recurso de mediocres. Chiribitea, admitido, pero se queda en fuego de artificio que no arraiga en la noche, como las putas naves de combate ardiendo más allá de Orión y los Rayos-C brillando cerca de la puerta de Tannhäuser: lágrimas y lluvia».
¿Acaso hay otro Desenlace?
«Caballerete, que trata conmigo. Y aclárese, se lo ruego».
Yo, cuando pruebo lo de aclararme,
en menudas noches me meto.
«¿Considera relevante eso?».
Observe mis manos, ¿de qué están llenas?
De lo que están hechas:
de gorriones,
tetas añoradas
y cojones para otro asalto más.
¿Cómo vegetar peinado
si me zampo un bocadillo de calamares
y truño zurullos? ¿Qué trajino durante el itinerario
para semejantes Samsas? Mi cocorota no da
para lo que no dan mis tripas,
conque écheme el humo de una sonrisa
y cúrrese el siguiente.
«Había depositado tantas esperanzas en usted».
No coloquemos entre la espada y la pared a la esperanza, señor mío;
que no menstrúe, que sea
—mientras duremos duros—
nuestra niña bonsái.

—¿Te he comentado que un catedrático de literatura comparada te habita el culo?

Tus ojillos coloradotes y apagados, y tu regañina cansina
me duelen
lo que un patadón en el chomino de Santa Teresa de Calcuta.

—¿Qué te pedí de no desfasar, Coplero?

La mamada está perdida
pero no la guerra. Te aparto el flequillo y
me tomo mi tiempo en responder;
la magia ha de verterse en el molde
en su exacto punto de cocción,
agrégale o réstale un segundo
y habrás amplificado lo cotidiano.

—¿Puedo usar el comodín del público?

Sonríes triste.
El
telón
caído
de
un
fracaso teatral.
Y me besas,
corto y etiquetado,
ahí,
donde residen nuestras despedidas.

—Se acabó, Coplero. Y la definitiva.

Me meo en el Volvo del Carlangas
que, por descontado, había amueblado la hora final,
y corro por estas callejas como todos los enamorados
recién besados en la historia de la Humanidad,
loco
y convencido:
el estado sólido del amar.

¿Cómo tolerar
el error
en ti?
En ti no cabe.

En consecuencia, proclamo, que para que los gatos no nos engorden
          y prefieran los fofos sofás a las flacas cornisas,
          los destellos de la tele al tonelaje de las auroras,
          la chequera de lo previsto
          a la calderilla de los condones de máquina
para que los lunes no se nos embosquen vietcones
          ni el Corte Inglés nos telarañe las cavidades del quererse
           o rebaje la graduación alcohólica de nuestras lubricaciones;
para que rabien los que almohadan poemas
           y sacrifican bueyes a ecuaciones orbitales,
          los que follan acostados por miedo a precipitarse,
          los que soplan las velas de los epitafios;
para que nos reventemos la piel de hallarnos en el otro
          y nos aguanten erectas las manos
          y resplandezcamos carne;
para que el error no te quepa
—y mojes, Candela, mojes—
que nuestro siempre sea

a veces.

7 Comentarios:

Le.chatnoir dijo...

JOOOODER! ( creo que sobran otras palabras...)

Besos.

S. dijo...

Cuidado Antero, estás a sólo un paso...

Lasinverso dijo...

vivir en el "a veces"...

me ha encantao el poema.

Caroline Blacksmith Bay dijo...

Inmenso: ''este soy yo y así vengo siendo''.
Grandioso solo lamento...que coño no lamento nada, no le falta ni una coma.
Enhorabuena

Manuel Marcos dijo...

Por dar testimonio de lectura, Antero...qué donaire el tuyo, poetaco.
un abrazo

calmA dijo...

Tremenda prosa poética...
Brutal

Saludos

Anonymous dijo...

que loco estás
qué difícil no quererte



(L)

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