Yo es que tuve un novio guardia civil

Mi Genaro me traía coplas de amores a capazos. Y eso me pudo. Que una ha sido de corazón basto, pero de corazón. En los arranques, ni que sí ni que no dije a la ronda, que es la contestación propia de cuando se quiere, que si no cortas alas es porque las está dando, y quien no alcance a entender eso, nada más alto alcanzará. Y mi Genaro lo entendió, vaya que si lo entendió, erre que erre, a ganarse lo que por ley de vida ya se había ganado.

Aunque resultó que unos meses antes yo me había ennoviado de formal con el cabo Armando. El mejor partido de la comarca, oiga usted. Cabo de la guardia civil, hijo del cacique, nieto de coronel de Regulares y algo pariente del obispo. Y eso, por aquellos entonces, era como volver de carne y hueso a Satanás, porque aunque el pronto lo tenía manso, de gente normal, no se sabe lo que cuece por dentro un hombre a solas. O le hierven las compañas, que las compañas tiran lo que una yunta de bueyes, por ellas mismas o por evitar el qué dirán. Y de partir peras yo con el cabo Armando y que al ratito se averiguara que estaba en queriendos con mi Genaro, era para encontrarse cualquier noche a mi Genaro tirado en una zanja con la cabeza abierta, que desde la guerra se conocían por allí casualidades de esas.

Éramos criaturas, oiga usted, de pocas luces y escuelas, sin padrinos a quien acudir. Y no se nos ocurrió otra que echarme a monja. De prontísimo. Como una tos por el relente de la noche. Mi madre no se lo terminó de creer. Pero le correteaban por el patio otros seis partos, y desposara yo con Dios o con el diablo, me dejaba de alimentar. Mi padre lo encontró con chiste. Y bebió una temporada de balde en el casino refiriendo el acaecido.

Pues tres años me tiré de monja. Postulado, noviciado y primeros votos. Tres años que así dichos se pasan ligero, pero que vividos un día detrás de otro figúrese usted la romería. Lo mejor: el comer de continuo. Y el respeto. Y el afecto de las otras hermanas. Lo peor: la doctrina y el rezo. Y las calenturas, que me traían a mal traer. Porque una ya había estado de fandangos con mi Genaro y eso deja ascuas. Mi Genaro tenía una prima retirada que ayudaba en el huerto y en la cocina del convento, y por ella nos mandábamos en letras ánimos y palabras de querernos. Mi miedo era que no aguantara. Pero mi Genaro aguantó. El cabo Armando a los tres años se casó con una señorita de Villadar de Campos. Y a los dos meses de su luna de miel, para que no hubiera sospecha, mi Genaro escaló el convento. Escándalo de los de aúpa. La madre superiora aún me quería cobijar pero yo le expliqué el sucedido y sus porqueses. Y no me devolvió al siglo a patadas porque eché a correr. La bruja. Boda chica, deprisa y tapada. Sin parientes. Como testigos pagamos cuatro reales a dos pordioseros que pedían a la puerta de la iglesia. Y ahí se acabaron mis aventuras.

Fui feliz, oiga usted. Con hambres. Y penurias. Y padecimientos. Y trabajar sudando alma. Y siete hijos paridos. Y ninguno de los siete me llegó a los tres años. Pero mi Genaro y yo nunca nos fallamos. Nos dimos calor y arrumacos cuando venían las heladas. Y risas. Nos dimos muchas risas. Que sin eso no hubiéramos aguantado la mitad de la mitad. Y las estrechuras y los quebrantos parecían con los colmillos mellados cuando me trasteaba las calores. Lástima mis niños, que fueron grande dolor, oiga usted. Criminal dolor. Cuatro perdí pariendo, los gemelos que cumplieron el año y me los segaron unas fiebres endemoniadas, y Rosalía, que ya correteaba por el cortijo cuando la coz de la mula. Y luego el ir echando reúmas, dolamas, callos, acostumbrarse a los torcidos huesos, a las menudas fuerzas. En fin, lo que es la vida.

Mi Genaro se me murió, este San Miguel, hará catorce años de eso. Catorce años. Y aquí seguimos, empeñada en aguantar. ¿Y sabe usted lo que más se me viene a la memoria ahora? Ahora, cuando la cuesta abajo se embala.Pues dos nostalgias. Déjeme que se las refiera.

Delante, la tranca de mi Genaro cuando mozo. Que está feo que una presuma pero era para sacarla en procesión, oiga usted, y de lo bien que me trajinaba, que no parecía forastero encajado en mí. Y detrás, el trinar de los ruiseñores en el claustro del convento, justo con las amanecidas, cuando la brisa mañanera roza con tiento y semeja el beso de alguien que se nos viene de lejos a querernos.

Ya ve usted, tontás de vieja.

4 Comentarios:

Mareva dijo...

fascinante, esa voz que envuelve, casi como si fuera palpable al imaginar su tono, su mirada, sus ojos montaña y trigo, sus lágrimas hechas gorriones negros y a volar......

me encantó

placer pasar por aquí

María Góngora dijo...

Qué final! Qué todo pero qué final...

Jesús Alcalde dijo...

Me parece que eres mi escritor preferido.

estela ela dijo...

Me ha atrapado la historia y cómo discurre con esa lengua llana tan creíble el personaje, derrochando vida. Brsvo.

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