Corto, pero despacio

El amor nos pide para adquirir perímetros,
esferas, lindes boscosos,
corseteado reloj de arena,
y entre fulgores y amanecidas,
morirnos.

El amor nos odia
secretamente.

—Acudamos, pues, sin que sepa
que lo sabemos—.


A mi adorada Nuri

¿Que si creo en el amor?, me demandas en braguitas y trenzas domingueras. Enciendo un ducados y te contesto que yo en lo que creo es en follar con ternura. Bestial ternura. Frondosa, inexplorada y ululante. Como las selvas que no nos nombran porque nos parieron y nos reconocen los olores.

Y también creo en ese luego, el lunes, ya en la estación, cuando toca despedirse y tienes la certeza de que durante una larga temporada —joder, puede que años— no volverás a pellejarte con esa persona. Creo en ese instante de pieles que se despegan entre hilachos de cola industrial. Creo en ese querer creer en el amor. En ese empeñar el alma, darse a tumba abierta para que nos palpitara con contrafuertes románicos y piedra milenaria. A hondo peso.

A puta verdad.

Y creo,
para ir cerrando,
en ese decir adiós con el beso corto, pero despacio,
de las despedidas.

No, mi adorada Nuri, no creo en el desamor.








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