Hay mentiras que no engañan

Los cantos de sus huesos pugnaban en picudo montañeo por parirse. Era un esqueleto flaco. Una osamenta pellejada. Un hueco andarín. Una lección de anatomía de balde. La universal definición del hambre. Conocía el masticar porque lo oyó referir en la cantina y se mantenía entre lo vivo de inspirar aire y aguantar el resuello. También de trabajar como trabajan los callados: atareándose por fe. De esta guisa traspuso los 97 años, listo de cabeza y piernas. Se murió porque hay que morirse. Le sobraron los cuatros Nortes del ataúd y diríase que la muerte le sentó bien porque cuando la riada del 63 inundó el camposanto y más de un difunto regresó a su casa flotando, muchos juraron que había ganado peso tras cinco meses enterrado. Echadle la culpa a los gusanos.








Shok-Oner

3 Comentarios:

P MPilaR dijo...

**Y qué se sabían ellos, boca abajo, anélidos embusteros. ***
Bss

P MPilaR dijo...

**Y qué se sabían ellos, boca abajo, anélidos embusteros. ***
Bss

jonhan dijo...

¡Qué bueno eres!

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