Le dije te quiero al silencio y el silencio me quiso menos

Era otra cuando entraba en contacto con el sirimiri. Su enfermiza pesadumbre mudaba a serena cordialidad y querencias de sentirse pequeña pero viva; inmune aquel cuajo tristuno que empapaba el ambiente cantábrico, líquido amniótico donde fue gestada y que la acogía maternal en su arisco seno, como cobijan las anémonas a los peces payaso. Cuando me descubría ejerciendo mi oficio de pasmado, de tan exiliada en sí que estaba, me semejaba con la confusa expresión de quien de pronto ve redivivos, sombras descarnadas o esqueléticas arboladuras. Allá por el Cantábrico.








Tibor Nagy

1 Comentario:

P MPilaR dijo...

te lo juro. que con la tontainada esa del sirimiri, la decisión es firme.
-*¿Qué me quieres?
-pues para aguas ya no estamos*

y ya. hasta que escampe.

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