Pensión Armando

En aquellas edades en que fui feliz había dos modos de follar: follar como los críos sin un duro, aquí te pillo aquí nos arremangamos, y follar como los que han aprendido que cuando una tía disfruta se flipa mucho más. O sea, follar de pensión. Allí podías currarte la paella a fuego lento: su poquito de tiempo en el antes y en el después, su poquito de alargar el entone, su poquito de estar acostados, su poquito de detalle, alguna rosa, tonadas de la radio, coplas a la oreja…

¿El problema? El dueño del establecimiento.

—¿La policía? La policía está capada como los cochinos. Para que engorden. Si cae la breva y los trincan, al toque de diana de patitas en la calle. Este país es como ninguno. Ustedes son jóvenes y me tomarán por loco, pero yo este país lo arreglaba a palos. Ni educación, ni colegios, ni democracia, ni campañas de televisión, ni leyes, ni mandangas: patrullas de buenas personas armadas con garrotes. Que se sorprende a un rapaz robando coches o asaltando farmacias, pum, se le endiñan sus buenos veinte o treinta palos, y se le suelta con el espaldar caliente. Y venga, a seguir de ronda por el barrio. Los palos son baratos y enseñan mucho, oigan ustedes, pero mucho, porque un buen palo a su justo tiempo endereza y encarrila en la vida. A su justo tiempo, oigan ustedes, a su justo tiempo. Ni muy criaturas que no comprendan el porqué de la paliza, ni ya con treinta o cuarenta años, cabrones crecidos, que o se te revuelven o se las trae floja. Y oigan ustedes, no se me piensen cortijero ignorante, que un servidor, como cualquiera de mi quinta, tuvo un padre borracho que le puso a caldo los riñones noche sí y noche también. Así que lo que no se puede hacer es darle garrotes a malas personas, a tipejos deseando de apalear y romper crismas, que para darle garrotes a malas personas, oigan ustedes, mejor se deja el país como está. Los garrotes hay que dárselos a las buenas personas, oigan ustedes, a las buenas personas que se les revuelve el estómago cuando tienen que repartir guantazos.

Debía ajustar los sermones en una escaleta radiofónica porque los remataba cuando terminaba de echarle un ojo a la habitación. Nos pasaba la llave y se largaba cojeando a alcanfor y apestando a pasos desnivelados.

Toda una puta semana soñando con el viernes y ese cabrón iba y te jodía el polvo en dos tramos de escaleras y veinte metros de pasillo. Porque después de aquellos mitineos ¿quién era el guapo que le metía mano a lo bonito? Ni palante ni patrás. No había manera. Y se follaba de mal cuerpo, a contrapelo, igual que cuando en el bar comes cerca del baño, con la peña saliendo y entrando al cagadero.

Mientras nos vestíamos la misma proposición.

—La semana que viene intentemos que esté su hija en la portería.
—Sí, intentemos.








Xavier Miserachs

3 Comentarios:

P MPilaR dijo...

**ante la imbecilidad
de proposiciones
de ley
(eh? ¿cómo dice,? ¿ley leí?)
y que venga el Armando montando cirios
**voy a echar unas pláticas de tú a tú con quien sea
y de paso revisamos los versículos sobre follaje y/o fogonaje
a ver qué tal
☺☺☺☺
Besos

P MPilaR dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Autógeno dijo...

La introducción es apoteósica, como suelen dejarse degustar los entrantes y algunos platos fuertes en esta santa guarida... No comenta uno cuanto debiera por no hacer sufrir en clave de adulación al reverendo y sus parroquianos, aunque a veces obligado es remangarse los pudores y honrar al bardo si este, lejos de envanecerse, sabe desinflarse a sí mismo con una mano mientras nos toca con otra las teclas de la sonrisa, que aquí suena tan franca como se ve la melodía.

La calle, también como de costumbre, viene muy decantada con filosofía de trinchera interior y el ingenio, encontradizo cada dos o tres baldosas, nos invita a susurrar con devoción «así, así, y que no falte».

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