Hay otros mundos pero están donde tú orbites

«Ríe y venceremos»

Se arrojó al vacío desde la azotea, pero no se precipitó ni un milímetro de azul tendedero.

¡Ea!

A los que sí les carburó el abajo fue a los pedruscos del lastre —como para no extremar las medidas después de 27 años dale que te pego consigo mismo—: se le resbalaron de los brazos, se despeñaron, y catacrok, a salpicar palomitas de maíz.

Pero él no, él no cayó ni un milímetro de azul sabaneado de bragas y mantelerías.

Acto seguido vinieron los hormigueos. Los dedos índices apuntando hacia arriba. Los si estaba en sus cabales. Los si era propaganda. Los si se aguantaba allí por joder a Dios o al Diablo. Los bomberos. La policía. Dos ambulancias. Unidades móviles de carroña. Y los habituales yutuberos del barrio con telefonitos de mira telescópica.

Lo descendieron 30 o 40 vecinos jalando de una cuerda que sujetaron a su tobillo. Al ritmo de un cumbayá guitarrero con el que un padre-jeringuilla jipiosete quiso contribuir al rescate.

Qué ridículo.

Cuando criajo, recitando el Romancero Gitano, en un festival de fin de curso, ante una sala de actos abarrotada, se le escapó un cuesco cascabelero. Y el maldito aire retronó dopado por la acústica del recinto como adelanto de la Apocalipsis por venir.

Pues en esta ocasión peor.

—¿Te has no caído antes? —le preguntó una muchacha china con una bufanda de Bugs Bunny al cuello.

Había jalado la que más. Las palmas escupidas y el culo apretao. Y era taponcilla y nerviosa. Nerviosa no de estarlo. De serlo. Que los nervios le venían de nacimiento. Como los ojos rendijas de limón, o las manos toqueteadoras que todo se lo follarían, o la boca de pescado, o las tetillas para adentro, o los leotardos arco iris de trapo, anchotes, para que hagan vela y den fresco.

—Y tú, ¿no sudas con esa bufanda?

La muchacha china tampoco respondió. Pero porque había currele. Aplacó a los policías con güisquis malabares y dispersó a los curiosos a base de coscorrones ninja. Lo montó en su seat panda y lo sacó del follonaco. Y a unos periodistas en vespa que no quisieron soltar el hueso los descalabró con calderilla de la de antes: donde ponía el ojo, ponía la peseta.

No hay tristeza rota que no arrulle un motor y la muchacha china condujo y condujo y condujo hasta que a la noche se le hincharon los cojones: «¡que son las tantas traspuestas, y que una tiene sus horarios, me cago en san Dios, que de dos hostias os curaba yo la tontería y os ponía derechitos como un campanario, recoño, que no tenéis edades para estas paverías!». Aparcó frente a los limoneros de su casa china. Y lo invitó a subir.

—Es que...
—¿Que qué?
—Que tú no me conoces, muchacha china.

Ella se deslizó la bufanda del cuello y mostró la carne ardida en esparto de un collar-cicatriz.

—Te conozco.








Lauren Withrow

2 Comentarios:

P MPilaR dijo...

Las chinas de otros mundos siempre desorbitan cuesta arriba
cuesta abajo.
Los mundos estos, como si tal órbita . Sin horario fijo.
Bss

miss desastres dijo...

—¿Te has no caído antes?

grande eres

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