Aniversarios

«Feliz cumpleaños», te dijo engalanada de atenciones de amigas y picardías de viejas comadres. De unas fueron el vestido blanco de estreno, el tocado florecido de jazmines, las sandalias enlazadas en los tobillos y la medallita de la Virgen de Araceli. De las otras heredó ese asomar repentino y a contraluz, ese caminar encelando al viento, y ese mirar de mocita dispuesta a hacerse hembra, cabizbajo y pillo.

«Feliz cumpleaños», repitió la dueña de tu corazón, «¿no me vas a comer a pellizcos? Me cuentan que detrás del baile, en el estanque de las Cañas, al principiar la tarde, que como cumples los dieciocho te darán permiso para visitar a tu madre, pero que mañana te llevan al regimiento, y aquí estoy, sin falta, tal como dije que te dijeran, que yo tengo palabra para usarla y dársela a quien se la quiero dar, y que si no se la di al señorito Ochitos, por mucho que me la viniera a pedir, por algo sería, ¿no? Y ahora tú, tras tantos correos, tras tantos voys y vengos, ahí quieto, pasmado, sonriendo a lo medio tonto, como si te hubiera despeinado un mal aire, como si no te apeteciera la tarta…». Algo así murmuró, algo así protestó mimosa mientras se recostaba contra aquel nogal y te invitaba a domingos.

Pero tú, demasiados palos en el riñonar, demasiadas tripas de amigos embarrando trincheras, antes de merendártela a besos quisiste sosegar la lengua, pensar estatua, y rebañar cada milímetro de aquella celestial aparición. Porque sabías que a ese atardecer, a ese estanque, a ese nogal y a esa diosa innombrable, te aferrarías con uñas y dientes cuando el futuro, puto futuro que iguala y a todo lo lindo le saca reversos, reclamara los intereses del empréstito.

Joder, don Carlos, qué bien aprendiste las cuatro reglas del contar.

Y así, hoy, sesenta años después, no reconoces a los dos tipos que te abroncan, te llaman… «¡puto risitas!, ¡viejo pellejo!, ¡que te cagas encima adrede, para fastidiarnos el fútbol!, ¡que te hemos calado!, ¡que no te hagas el loco, ni el ido, ni el traspuesto, que cualquier día se nos hinchan los huevos y ruedas escaleras abajo!, ¡que ya verás lo que nos vamos a reír!, ¡ya verás…!», te ponen a caldo a base de collejas y escupitajos, y te empuercan el rostro de tarta decorada con el logo «Valdemoros Ochoa, Residencia de la Tercera Edad».

Pero tú sonríes lejano, a buen recaudo.

Y eso los encabrona más.




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1 Comentario:

tecla dijo...

Cuanta ternura y tiempo en tus palabras.
Qué don tan prodigioso el tuyo.

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