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No ha existido otra ideología comparable en toda la historia de la humanidad. Más revolucionaria. Más benigna. Mas enriquecedora para lo humano. Si una mujer del siglo XI se teletransportara a la época presente, los F-18, los teléfonos móviles, la energía nuclear o truñar en taza, le llenarían los ojos al principio, es innegable, pero extinguidos los encandiladores destellos de los avances tecnológicos, lo que más profunda huella dejaría en ella sería comprobar cómo las mujeres actuales —de acuerdo, en el primer mundo, admitida la matización— miran de igual a igual a los hombres.

Ahora bien, mi querido Sancho, el feminismo, como cualquier otra ideología, ha de ser herramienta común con la que arreglamos aquello que no funciona o queda trasnochado en nuestro vivir. Se usa, y reparada la avería, se arroja a la caja de las herramientas hasta la próxima gotera. Sin respeto. Sin reverencia.

Adorar el feminismo como verdad revelada por Dios —venga sacerdotes intermediarios entre lo divino y lo humano, venga teólogos velando por la pureza del mensaje, venga Colegios Cardenalicios, venga Papas, venga Cruzadas, venga Inquisidores Mayores del Reino señalando la herejía, colgando sambenitos, achicharrando infieles— es tanta gansada como adorar un destornillador o una llave inglesa.




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