Plegaria

No da sida follarte a una sidosa. Amasarte a lenguas con ella, estrujarla plastelina, ungirla goteante. Ni soplarle los globos del coño y que estallen de verdes, de amarillos, de arcoíris en el techo.

No da sida que te cosquillee guarradas a la oreja. Guarradas que te erizan las vértebras. Guarradas en el idioma de las carnes anchas. Y que en pleno triple mortal, allá arribota, en la azotea del Himalaya, porque te conoce como si te hubiera parido, ¡pumba!:

          «¿Dónde has estado metido toda mi vida?».

Así, flojito, a contrapelo, para que no lo olvides mejor. Y tú, superado por el regate. Convencido de que sí, hostias, el aire tufa a hermosura. Loco de pedalear vientos, te sacas a la bestia de las cavernas que ella ha amaestrado:

          «¿Sí?, pues ahora, por puta preciosa doble ración de más».

Así, flojito, a contrapelo, para que no lo olvide mejor. No da sida enorgullecerte de la obra. Verla relumbrar sudores y dormirse caracola, amontonando mares de ti, de lo bien trajinada.

No, no da sida salir a la noche con esa carita tatuada en tu pecho de fray Jeringuilla con muchos cojones y poco follar, hasta aquel Jueves Santo que se te declaró en el confesionario puerca, temblona y enmonada.

          «Ave maría purísima, ¿chupada o mamada?».
          «¿Qué diferencia hay?».
          «En las chupadas pienso en el dinero, en las mamadas en volver a verte».


No, no da sida vagar por callejas que no entienden. Arañar farolas que no entienden. Rabiar silencios que no entienden. Rezar en las banquetas de los que no entienden. En solo. En paciente. En tapado.

Y no da sida estar hasta los huevos de estar hasta los huevos. Reventar. Y descolgar el hacha de emergencias con propósitos infernales. Y plantarte delante de su fachada de dolor. De su huero ademán de abrazo. Y prevenirle que como él, en esta barriada, antes del seminario, le has partido el alma tú a cuarenta. Que no exiges Ferraris en el garaje, mandangas arrastradas por el pavimento, o morados cardenalicios, que estás conforme con el fin de mes por los pelos, las pilas que no duran, los Danone de oferta y este genio que te ha cerrado miles de puertas, pero que me la arrebatas, hijo de sucia perra, y no lo cuentas. Que concluyó el tiempo de los patatín, la resignación y las otras mejillas. Que va a conocerte a malas. Y que tú, a chungas, pones con el rabo entre las piernas a Satanás.

No da sida astillarle los brazos que no usó. Romperle el pecho que no usó. Segarle las piernas que no usó. Derribarlo y decapitar su corona de espinas con la constancia y el pausado ritmo de quien aprendió a talar la vida. A amar.

No da sida caer derrotado en otro duelo más.
Quebrarte la garganta de implorar gritos que gritar.
Gimotear alma en mocos y babas.
Rodeado de muerto.
De madera muerta.

Nada de eso da sida. Como tampoco contar hasta diez en el portal de casa. Ni rescatar el careto de fray Jeringuilla con muchos cojones y poco follar. Ni entrar descalzo. Ni acostarte a oscuras. Ni sentir el impaciente abrazo de tu Dios.

          «¿Cuántos te has fumado, Escobar?».
          «Tres».
          «Vale, desde el lunes bajamos a dos».





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5 Comentarios:

Sarco Lange dijo...

Que leyendo se nos contagiará el anti-sida.
Qué volada te has pegado!.

Abrz.

jojoaquin dijo...

me gusta. Sin hervir y crudo. Un abrazo

la luna en la boca dijo...

este poema por fin aquí. qué grande eres antero, y qué bonito.

CAOS dijo...

Me has dejado sin palabras. Boca abierta. Duele.

abrazo.

Helenaconh dijo...

lo leí el otro día y te lo digo ahora. Este texto es impresionante, maravilloso. Es una joya.

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