¿Eso quién? (V)

Era rápido. Un verse y no verse. Arriba y abajo. Sobre la tapia del patio que lindaba con el solar de los yonquis, vociferando asustada y con descoyuntado pataleo aéreo incluido en el lote.

Pero por muchas taras que le detectaran a su levitar, a Araceli Vilariño se la repampinflaba. Ella se sentía guía espiritual del centenar de vecinos que los jueves de madrugada se congregaban en el solar de los yonquis. Esas aclamaciones impacientes, «¡que empieceeee!», esos silencios rotundos cuando anunciaba desde su patio, «¡que voy!, ¡que va el milagro!», esos oooohs sobrecogidos por el portento, vítores, alzadas en hombros y convites, no solo compensaban, y de largo, las pullas de las lenguas viperinas, también hacían más llevaderos los chichones, gemidos de huesos y dientes flojos.

—¡Qué grande eres, me cago en Dios!
—¡No se conoce otro prodigio semejante!
—¡No decaigas, que acabas en televisión!
—Y colada la cabeza ahí, calcula tú adónde llegarás.
—A Papa.
—¡O a más todavía!

El resto de la semana Araceli se disfrazaba de Clark Kent. Empujaba su carrito del híper, devolvía con tino las pedradas de la chavalería y se trillaba el vertedero del Pardal al rescate de cualquier chisme que relumbrara en sus acáis de urraca; ya fuese una biografía infantil de Teresa de Ávila para colorear o una mohosa cama elástica. La apodaron «la Papa».




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2 Comentarios:

jojoaquin dijo...

personajes que me resultan muy cercanos, Antero. Me veo de niño, como un cabrón, tirándole piedras y esperando sus maldiciones. Leyéndote me redimo. Un placer. Saludos

Javier dijo...

Me gusta.

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