Ciencias

Abel Carranza se ladeó un ojo y de ahí le venía el que curara la muerte. Fue durante el servicio militar, en Granada, cuando anduvo de carnes con una gitana —mitad bruja, mitad camarera— que le traspasó la maña por hartazgo y porque iba a heredar en propiedad la cantina del cuartel. Que se ganaba más, decía.

—Te voy a entregar un secreto de hembra, Abel. Aunque por ser macho deberás pagar un añadido. No calculo yo que sea gran millonada.

Así le dijo la gitana una noche. A la mañana siguiente a Abel se le habían peleado las direcciones de los ojos. El izquierdo, correcto, de frente, apuntado a su sitio; el derecho inflado, torcido, con la querencia de fijarse en si le venían forasteros por detrás.

—Carmen, ¿y esta avería para qué?
—Para ver lo que no se deja. Vamos de visita a la Tolomea.

Tolomea, la vieja cantinera del cuartel, recién atropellada por un camión de suministros, rondaba las penúltimas. Cumplimentaron a la yaciente, aceptaron la convidada a anís, charlaron de la calor, de la juventud que conduce camiones de suministros como guiados por Satanás, repartieron ánimos y deseos de mejoría, y se despidieron.

—¿Quién era la sentada en la cabecera de la cama, Carmen? —preguntó Abel en la calle. La gitana no dio contestación—. Sí, mujer, la callada. ¿No la viste?
—No. Ahora el don es tuyo.
—¿Pero quién era, copón?
—No le pongas nombre. Aguantará ahí de dos a siete días, dependiendo, hasta que agarre lo que ha venido a buscar. En este tiempo, si se quiere, y se puede, hay ciencias para espantarla. Atiende.

Y Abel fue desmigando aquel misterio como hay que encarar los misterios, sin mediar muchas explicaciones, que quien lo arrienda todo a una explicación de poco quiere enterarse.

—Pero, Carmen, ¿ella me descubrió?
—Imposible. Por eso tu ojo feo, para que no se os atraviesen las miradas. Los hombres, al nacer hombres, os despellejaron el disimulo. Ahora subamos a nuestra habitación, Abel, a demostrarnos que estamos vivos.

Al licenciarse Abel se compró un bisturí afilado, un diccionario enciclopédico y se puso de médico en su pueblo. El bisturí era para pelar naranjas cuando merendaba en la fonda, que otorgaba categoría no hacerlo con navaja morcillera, y el diccionario para que la fama del bisturí no menguara, que ninguna viga apuntala el lustre de una persona como hablar oscuro.

—Esto va a ser un escalafón.
—¿Y es grave, Abel?
—Lo hemos cogido a su hora.

—Padece un múltiplo con ceñida.
—O sea, que empeora.
—Depende.

—Un inciso, esperemos que no pase a coordinativo.
—¿Y de pasar, Abel?
—Malo, malo.


Y en menos que se cuenta, porque al año no llegó, Abel se alzó con el laurel del don.

—Don Carranza, buenos días nos dé Dios.
—Buenos días. ¿Y su Adelino?
—Recién nacido gracias a su arte.

El arte de don Carranza se refería pronto. De presentarse en la morada del achacoso y no hallar visitas extrañas, Abel resolvía que el desarreglo no era negocio que secara los pellejos y facturara al hoyo, y que antes o después encontraría enderezo por su cuenta. Entonces hojeaba el diccionario enciclopédico, elegía un palabro y dispensaba algo que no matase: hacer gárgaras con tonada, comer fruta de entremés, antes que el cocido, no saltar a la pata coja por diciembre, evacuar de vientre entrada la siesta, los miércoles eructar hacia el costado derecho, dar la razón cuando escampa, no mezclar vino con gaseosa, o de hacerlo, con las luces apagadas… Sin embargo, si Abel, con el ojo ladeado, reconocía una presencia forastera en el cuarto donde penaba el agonizante, tocaba remangarse, arrinconar el diccionario, y destapar las siete ciencias que le reveló la Carmen.

CIENCIA 1ª.- Cuando la muerte estaba encaprichada (cosa que se sabía porque permanecía retirada del moribundo y muy pendiente de otras industrias) Abel averiguaba cuál fue el antojo que la chifló (unas cortinas lindas, una rebeca de verano finita aunque abrigadora, un estribillo pegadizo por la radio o un póster de famoso) y disponía que lo retirasen. Y para favorecer que la muerte ajilara detrás, salpicaba coñac por la estancia, que las despedidas y mudanzas, borrachas se zanjan.

CIENCIA 2ª.- Cuando la muerte estaba equivocada (cosa que se sabía porque aunque arrimada al calenturiento, le ofrecía la espalda) emborracharla no servía, puesto que pese a no estar muy convencida cumplía con su obligación y no era propio obsequiarla con fiestas. Tocaba, pues, demostrarle que al doliente aún le quedaba cuerda para rato; que trincara él de la botella de coñac, que engordara unos kilitos comiendo frituras y mojando pan, y que se le favoreciera la risa con jarana, chistes y sucedidos.

Por lo común tanta verbena hacía recapacitar a la muerte, pero de seguir ella en sus trece Abel encargaba avivarle la lujuria al enfermo, con la mujer, o el esposo, o la novia, o el novio, o estampitas de guarreo, o con un matrimonio de titiriteros franceses, afincados en Salamanca, a los que se les mandaba recado y que por haber nacido extranjeros de vergüenza iban escasos y flojos.

CIENCIA 3ª.- Cuando la muerte estaba de pasada, a echar una o dos noches, recuperar el resuello y continuar con su caminata (cosa que se sabía por lo soñolienta, las continuas cabezadas y el querer un rincón apartado donde tumbarse), Abel no meneaba el potaje. Volvía a lo corriente, al diccionario enciclopédico, al palabro raro, unas friegas de colonia, que oler bien no pesa, y aguardaba a que la visita se sintiera descansada y partiera por su propio pie.

CIENCIA 4ª.- Cuando la muerte estaba menesterosa de cariño o se sentía enamorada (cosa que se sabía por lo muy arrimada al pachucho, las flores en el pelo y el vestido de domingo) Abel prefería esperar, no repintar el cuadro, y que aquel enamoramiento, como cualquier fiebre, se enfriara. De durar la calentura sí que pedía cartas: le cocinaba al achacoso un potaje de judías bravas y le ordenaba que no se sujetase las ansias de peerse, que no hay amores eternos que sobrevivan a una ráfaga de cuescos cascabeleros y su consabida metralla.

CIENCIA 5ª.- Cuando la muerte estaba de guasa (cosa que se sabía por el “ahora me voy”, “ahora me quedo”, y las constantes recuperaciones y recaídas del quejoso) Abel establecía por turnos un coro de plañideros (padres, esposos, hijos, hermanos, vecinos, allegados) llorando a moco tendido la jornada completa, de sol a sol, con el propósito de afearle el gesto a la guasona y dejarle patente que el oficio de la muerte no es la mala leche.

CIENCIA 6ª.- Cuando la muerte estaba enojada por una pendencia o fuerte palabra con el desfallecido (cosa que se sabía por la cara larga y el ceño afilado) Abel pedía al enfermo que escribiese cada día una sentida carta de disculpa. Y si fuera menester, por estar el pachucho analfabeto o muy en las últimas, se recurría de nuevo al matrimonio de titiriteros franceses, que lo que les faltaba a aquellos dos de vergüenza les sobraba en instrucción, sentimiento y florida caligrafía.

CIENCIA 7ª.- Cuando la muerte sabía lo que se hacía (en cristiano, la visita no encajaba en las otras ciencias) Abel enlutaba el gesto y tenía un aparte con los deudos.

—¿Y qué dice el libro, don Carranza?
—Que no conviene pleitear cuando la preconización exhala arbitrios.

Aun así, y por dos veces, Abel se metió en esos pleitos. Una con la marquesa Gandía de Azcárrache, que le prometió cama si le reponía la salud y el apetito de fandangos. Y la otra con una cuñada de esta y por lo mismo. Cobró tal fama tras esos dos acontecidos que lo quisieron subir a alcalde. Pero cuando con motivos, billetes, o emborrachándolo, trataron de encasquetarle el rango, Abel supo recular, que también tuvo vista con el ojo tieso.

Y vamos con el remate del cuento. Fue Abel Carranza hombre que no pretendió ser rico, ni disfrutó cuando le tocó ser rencoroso, que dejó las puertas de su casa más abiertas a humildes que a ministros, y que en el trecho final de su existencia, cuando apenas podía valerse, y ya había colgado el bisturí y el diccionario enciclopédico, se compró un parche de tuerto y recibía visitas contento.




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3 Comentarios:

Jesús Alcalde dijo...

Es usted enciclopédico, estimado Don Antero.

Manuel Marcos dijo...

Qué aires frescos, Antero, una maravilla.
Abrazo

Le.chatnoir dijo...

Costumbres que se enquistan en el hipotálamo...

Besos.

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