Sé estar vivo

Si el dolor no me duele, es dolor mostrado.
Es dolor traído.
¿Y quién me lo trae?
¿Qué televisión?, ¿periódico?, ¿agencia de prensa?
¿Qué secta proscrita?
¿Qué culto legítimo?

Donde me encuentro ahora, ¿me duelen
los homosexuales apaleados en El Cairo?, ¿los presos
políticos cubanos?, ¿las ejecuciones en Texas?,
¿el Iraq devastado?, ¿Haití?, ¿Ciudad del Cabo?

No nos puede doler el dolor traído.
Nos acorrala lo humano,
pastoreados y estadísticos,
ciegos de piara, maleables.

(Entérate, Disney Enterprises, odiar al mundo
representa tanta maldad
como amar al mundo).

El dolor ha de ser donde está.
El dolor ha de ser dolido.
Ha de ser yendo y estando.
Mío, sin intermediario;
que no me viajen los quietos.

Los palos en el costillar de mi vecina
—que oigo—;
el llanto chabolero de hambres
—que oigo—;
el loco mendigo encostrado a la pared
—que oigo—;
la vieja madre descatalogada
—que oigo—.

Entre ese dolor
y yo
no hay nadie.
Nada.

Ese es mi dolor.
La prueba que me convertirá en un hijoputa o no.




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