La muerte va de farol

ELLA: Encamada en hospital. En las penúltimas. Flaca y afilada. Huesos que despuntan. Barniz de ataúd. Pulso tartaja. Vocecilla a media luz. Ojos verdes.
ÉL: Lava a ELLA con un paño húmedo y una jofaina. Ahora la incorpora y unta pomada en las llagas de la espalda.

A pesar de que sus voces timbran cansadas, sonríen y juegan.
Apuran la hez del cáliz.
Lo rebañan.

Y sonríen.
Y juegan.




—¿Me querrás cuando me muera?
—Tú no te morirás. Tú solo dormirás.
—Me lo juras.
—Te lo juro. Dormirás linda. A explotar de bonita. Y yo me pasmaré contigo. Me sentaré ahí, días tras día, y te veré dormir.
—Calla, que eres tan tonto que serás capaz. ¿Y la comida?
—Un termo con caldito.
—No. Tráete sustancia, que enfermarás de verme muerta.
—Y a escobazos espantaré a los que te visiten. Porque vendrán de la China. Pero yo arderé de celos y no pisarán la habitación.
—¿De la China?, ¿y qué sabrán los chinos de mí?
—Lo bonito se pregona. Aunque no se colarán, ¿eh? ¡Largo, fuera...!
—Échalos, Paco, pero sin bronca.
—¡Sin bronca dice!
—Jesús de mi vida, que ni muerta voy a descansar en paz. Paco, o me lo juras o la tenemos de buena mañana.
—Te lo juuuuro, los echaré sin bronca.
—Los chinos son personas cabales. Se lo pides con educación y se irán. ¿Y trabajar?, ¿de qué comerás?
—Necesitaré poco.
—Poco es algo.
—Pues trabajaré lo justo para apañar ese poco, recoger a las niñas del colegio y volver de nuevo a tu vera.
—¿Las niñas?
—Sí.
—¿Nuestras?
—Dos, gemelas, cuando crezcan intentaremos otra parejita. De momento dan mucha guerra. Godofreda y Anacleta.
—¡Los cojones! Así no se llaman mis hijas.
—¿Y cómo?
—Maribel y Teresa.
—Teresa es un ángel. Pero con Maribel pariste a Satanás rubio.
—¿Por qué?
—Un coño bravo. Un zamparse el mundo a bocaos. Un no parar quieta ni durmiendo. Qué huracán de niña.
—¿Y Teresa?
—La miro y me parece estar viéndote. Segundo de carrera. ¿Tú te crees? Uno de nuestra familia en la universidad.
—¿Es lista?
—Lista no, lo siguiente.
—¿Maribel no?
—Maribel es más flamenca.
—Oye...
—¿Qué?
—Cuando me vaya, vigílame a Maribel, por Dios te lo pido, y enderézale el camino.
—Sí, sí, a las niñas de hoy con esos cuentos.
—¡Pero tú eres su padre!
—Ni padre, ni hijo ni espíritu santo. A esa la pariste con el genio catapum y se irá al otro barrio con el genio catapum. Lo que hay que meterle en la cabezota es que estamos ahí, que cuando vengan las heladas, porque vendrán, sepa adónde acudir.
—¿Maribel ha catado macho?
—Juraría que sí.
—Vaya con la niña. Esa tiene tu sangre. ¿Paco…?
—¿Qué?
—Cuídamelas, aunque pataleen y rabien estate encima de ellas. ¿Paco...?
—Dime.
—Que me ha cogido miedo ahora, cucha tú qué tontería.
—¿Por?
—No sé, coraje de no haberme visto abuela...
—Bah, yo sí que lo pasaré mal. Tú solo te morirás. Pero qué será de mí sin ti. Mi vida sin ti.
—Ya te rondaré unos ratos.
—¿Y si me fuera contigo? Las niñas están criadas.
—No, no, que me apetecen unas vacaciones a mi aire. Así descanso una temporada de ti. ¿Paco...?
—Dime.
—Abrázame. Apriétame como en la plaza del Obispillo, con hambre de hombre, sin miedo a romperme.
—¿Y si te rompo?
—Da igual.
—No, no, no da igual, si te rompo, no te podrás morir.
—Ahora, Paco, corre... ¿Paco...?
—Dime, Carmen.
—¿Me querrás cuando me muera?
—Cuando te mueras te sacaré los ojos verdes, los guardaré en un frasco de formol, y lo colocaré encima del escritorio

para mirarte mirarme,

para soñarnos
lo que me quede
de vida.




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