Regulín reguleros

Ojalá el Mal abofeteara a criados que sirven la sopa fría, atajara por el Lado Oscuro de la Fuerza, contaminara a diestro y siniestro, cazara bambis en peligro de extinción y, fundamentalmente, fuera feo, vistiera de negro y carcajeara paranoico mientras ultima los flecos de su conquista del Universo. Ojalá, porque una Vida plana, sin duda, acarrearía menos dolores de cabeza. Pero esos malvados elementales de película yanquiloide —ideados para maniquear el conflicto propuesto, encarrilar nuestras simpatías y antipatías y así, a la hora de la bronca final, podamos llegar a comprender, justificar y aplaudir el arrebato de cólera del prota— no existen fuera del hábitat de una pantalla.

Insisto aun a riesgo de ser blablablero: no existen.

Por tanto, quién meta mano en tus odios y amores, mi querido Sancho, quién desde la barra de un puticlub, desde el estudio de una productora de cine, o desde el despacho de una consellería de cultura, te aplane la Vida y te la reduzca a una cuestión de dos dimensiones, buenos y malos, algo busca. Tu dinero, tu alma, tu miedo, tu sumisión, y, por encima de todo, que jamás entiendas que en la Vida, la de verdad, la que luce fondo, se pongan como se pongan y pataleen lo que pataleen, los malos son como los buenos: regulares.




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