Chiquitos de las Calzadas

Chiquitoso (I)

Un lector de El Mundo, el Punt Avui o El País, sabe de antemano lo que va a leer cuando abre «su» periódico. Y no quiere sorpresas o requerimientos adicionales de atención, quiere sentirse entre los suyos, caldeado, quiere el mismo fondo de escenario sea cual sea la noticia, se haya despeñado un autobús escolar por las cuestas del Garraf o Satanás solicite asilo político al Vaticano; «póngame cuarto y mitad de que de alguna manera la culpa siempre recae sobre ellos, y que a nosotros, en la mayoría de las ocasiones, el sobaqueo nos huele a lavanda».

El periodista chiquitoso, pues, se debe a su público; ese público que le lleva pidiendo quince años los mismos aturullos, las mismas carreritas, las mismas muletillas, las mismas poses: «¡no puedorrr…!», «¡cobarderrr...!», «¡te da cuénnn…!», «¡torpedo…!», «¡fistro diordenaaal…!». No te rías, mi querido Sancho, por cada periodista despedido por destapar «la verdad», vilmente torturado y asesinado, te enumero yo quinientos que han sido largados de la empresa por falta de audiencia, lectores o archívalo con el nombre que quieras.

¿Cuál es, entonces, su oficio?



Chiquitoso (y II)

Yo no sostengo que un chavalito o una chavalita que empieza a currar en las redacciones de la Cadena Ser, ABC, TV3, La Razón o Telemadrid, reciba desde altas instancias instrucciones veladas sobre lo que debe o no debe decir («¡que lo sepas…!»), a quién darle caramelitos de menta y a quién estacazos («¡me cago en tus muelas…!») que consoliden audiencias y conformen tribus de fieles adictos. Yo lo que sostengo es que cualquier chavalito o chavalita que empieza a currar en las redacciones de la Cadena Ser, ABC, TV3, La Razón o Telemadrid, ya viene sabiendo de fábrica —y sin que ninguna alta instancia se empuerque soplándoselo a la oreja— lo que debe y no debe decir («¡por la gloria de mi madre…!»), a quién darle caramelitos de menta y a quién estacazos («¡pecador de la pradera…!»), aquello que consolidará audiencias y conformará tribus de fieles adictos, y aquello otro que le relegará a traer los «cafeses» y le expondrá a recibir una patada a poco que se tuerza la cosa económica.

Cómo lo etiqueten me la suda: autocensura, supervivencia, mamadas de pollas, convencimientos, que la vida está muy achuchá, que este mundo es un vómito o que estamos sufriendo una invasión de aliens que se nos cuelan por el ojete cuando truñamos y nos tienen los sesos endominados.

Lo terrible: que nuestro vivir paga el pato, se resiente, porque el periodismo es un pilar de la democracia. Cualquier cochina democracia ruinosa y mal apuntalada —inmersa en un capitalismo feroz, sin separación de poderes, con recortes en las libertades individuales— sería habitable mientras cobijara a una casta periodística preparada, inteligente, sin búsquedas de audiencias, sin enfoques foroferos de la realidad, sin querencias ideológicas, sin servidumbres a mega empresas mediáticas…

Por eso son los más culpables, mi querido Sancho. Quizá, los únicos culpables.




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