Mucha musa para mí

Cuando averiguó lo de mis versos
se abalanzó sobre mí
ansiosa del cromo que le faltaba
          —todavía no se había cepillado a ningún escribidor—
y a estas altura de su existir
          —47 tacos,
          directora de sucursal del Santander
          y alfa romeo—
cualquiera podía valerle para tachar el casillero en blanco.

Hasta que descubrió que sus ojos no eran futuros rutilantes
          —tal vez, el picor que no te alcanzas a rascar—,
ni sus manos, magnéticas soledades escurridizas
          —tal vez, un querer estarse—,
ni su cuello, los balanceos lumínicos de los astros
          —tal vez, el tobogán llovido—,
ni sus zancas, lánguidas ataduras de deseo y sal,
ni su espalda, combas gravitacionales,
ni sus senos, electricidad mayúscula,
ni su culazo, diapasón magmático de la corteza terrestre
          —tal vez, los cuatro nortes del fideo frío—.

Así que, una mañana, recogió sus cremas,
su cepillo de dientes, su ropa de estar por casa
y antes del portazo
me espetó:

—¡Vaya mierda de poeta!




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