Nada hay comparable a un domingo cualquiera bien desperdiciado

Se casaron como dispone la iglesia, con largo convite, y baile, y luna de miel en la capital, todo muy a la vista para que se certificara por sí solo, pero, ay, cojos de alguna licencia. Y resultó que a los ocho meses y medio les vino un secretario —porque Satanás no se harta de enhebrar puntadas y papeles en los vivires de las gentes— con la mala nueva de que maridaban en pecado y aún estaban por casar.

Lo que se hace a la vista no demanda recibo, aval o membrete que lo testifique, y el pueblo y su «qué dirán», que en otras pendencias arremetía como morlaco de seis pitones y no dejaba títere con cabeza, en esta ocasión sobreseyó el juicio, los chismes y las puyas por encima y por debajo del mantel. Sin embargo, Anita, la novia, por aquellas fechas muy preñada, prefirió pudrirse en pecado que pasar de nuevo por la vicaría con la barriga por delante, como las perdidas. Aparte de que la pareja no tenía ni tiempo ni ganas ni cuartos para pedir otra ración de curas y leguleyos. Y el percance se arregló sin arreglo. Ya de viejos saldaron el pleito y casáronse en segundo intento. Por el temor, comprensible en ese trecho del camino, cuando se atisban en lontananza las penúltimas, que al otro lado sí llevaran la cuenta de los papeles.








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