El camaleón

El Sandokán piaba por el barrio que su camaleón comía carne y mordía igual que el perrazo del Moñas —apaleado y quemado con el soplete para lo mismo, para que espumara rabia, se le botaran los ojos y triturara cuellos aun con quince puñaladas en los riñones— y que cazaba las ratas de casa, que por eso su vieja veneraba al bicho, porque desde hacía la hostia no limpiaba cagarrutas en la cocina ni amanecían roídos los cables de la nevera. Aunque, de verdad, lo que bordaba aquella lagartija era rallarte los nervios por lo despacio en el moverse, o matarte del asco, porque de tan cochina podría haber alquilado un tenderete en el mercadillo de Santa Ana y forrarse en dos jueves vendiendo a peseta el pellizco de mierda verde.

Pero si le chistabas al Sandokán y le ibas con polladas de los documentales de La 2, «que los camaleones no son carnívoros ni de coña», y te encebollabas, y seguías ahí, pim pam, dale que te pego, pim pam, un día sí, otro también, no achantándote cuando él te contestaba que el suyo sí, «los otros puede que se alimenten de cucarachas o espinacas pero el mío roe muslos de pollo», te la jugabas a que se le pinzara la olla y te metiese con el mechero. Y de tenértela jurada de antes, o el tocamiento de huevos vino con pitorreo faltón, «primaveras, melón, tolai, mermeladas, pocamili, ¡que los camaleones no comen carne!», aprofitaba que estabas tendido en la acera tosiendo sangre y te pateaba los hocicos. O te meaba con siniestras ideas, a colarte el chorro en la boca.

El Sandokán.

El puto Sandokán.

Se llevaba el bicho hasta a cagar, encaramado al hombro como loro de pirata. Pero el lagarto estaba vivo, y lo vivo va a su rollo, y en una clase de gimnasia se le perdió. Berto lo descubrió en la pista de futbito. Lo espachurramos a pisotones y tochazos y le sacamos las tripas por el culo.

Las otras semanas, cuando le entrábamos al Sandokán «sí, tío, ¿y aquel camaleón tuyo?, ¿el que jalaba muslos de pollo?», se le enredaba la lengua y respondía con los ojos rojos.

—¡Que ya os lo conté, joder, que se enganchó con el perrazo del Moñas! ¡Pero que aguantó lo suyo el bicho! ¡Con dos cojones!

5 Comentarios:

chatnoir dijo...

jajajaj que bueno! lo de "pocamili" no lo había oído en la vida y es tremendo!!

Besos.

Jesús Alcalde dijo...

Ha vuelto el gran Antero.

Qué pedazo de escrito has brindado hoy, amigo. Qué fondo tiene...

Me ha recordado en intensidad a aquella gloriosa barbaridad de la polla del lituano.

Un abrazo.

David Mariné dijo...

bravo amigo.
un abrazo.

Occam dijo...

Que alguien grite que este texto existe, que antero está aquí, que nadie está a salvo.
Bravo bravo bravo

joaquin dijo...

volvió el principe de los polígonos

un abrazo

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