Consultorio sentimental del señor párroco

—No hacemos buena pareja de mus Dios y yo, pero tampoco nos tiramos los trastes a la cabeza con intención de descalabrar. Solo por distraer la siesta del domingo. Que quererse aburre y no conduce a fecundos sitios; y donde esté la guerra que se quite el follar. El me tuerce la vida y yo salpico de mierda las cuatro hipóstasis de la Santísima Trinidad. Y así vamos tirando, entretenidos.
—Serán las tres.
—¿Las tres qué?
—Las hipóstasis esas, señor párroco. Como ha dicho trinidad, serán tres.
—Las cuatro, joven padawan, las cuatro, que las pendencias tienen eso, cuando las fuerzas se resienten y se allega el cansancio, enciendes un cigarrito y se te aligera la lengua. Solo al enemigo le confiesas las ronchas que te han nacido en la punta de la cigala, que de tan renegridas ni a ti mismo te las reconoces. Pero eso sí, sin arrimamientos ni mariconeos, ¿eh?, que no están los tiempos para atizar habladurías. Cada uno se abre el corazón desde su trinchera y, al ratico, de vuelta a lo nuestro y con los nuestros.
—¿Y lo de salvarse? Lo digo por estar a tiros con los señoritos de arriba.
—Mira que le han cogido gusto a salvarse. En el vivir no hay atajos, copón.
—Que eso lo publique un jebi satánico, se comprende, pero que lo pregone usted, señor párroco, da susto.
—Nadie es de donde pace, sino de donde nace, y somos más carne que las mantecas.
—¿No era al revés el refrán?
—Los refranes se concibieron flojos de tuercas para llevártelos a la sombra que más te refresque, que nada tiene tan fácil enmienda como un refrán que no te convenga. Y ciérrate la boca, contri, que eres mozo y solo de cascártela debieras entender.
—De eso entiendo mis novelas, señor párroco.
—¿Mal de novias?
—A mí cualquiera me vale, pero yo a ninguna.
—Eres del pueblo y a la mocita, por ser mocita, desagrada el conocido y atrae el forastero. Es ley natural. De no haberla acabaríamos todos primos hermanos.
—¿Ley siempre o a ratos?
—Las leyes naturales se averiguan sin pleitos, joven padawan, no hay jueces que las interpreten ni leguleyos que las toreen. Los caudales nivelan la barca, pero en tu familia los dineros se recuentan, ¿verdad?
—Y se les pone nombre.
—Aguanta sin echar barriga, aféitate cada mañana, aprende educación, no te arrimes con las manos sueltas en la cola de la tahona, en los piropos que te hablen los ojos, no la lengua, cede el asiento en el cine de verano y cuando te tengas que emborrachar, porque el cuerpo es muy almirante, hazlo de visita a otras villas y duerme la mona donde no se pregone, fuera de las lindes, por la huerta del Guzmán.
—¿Eso servirá?
—Se trata de una inversión de futuro. Cuando la mocita florece en hembra se cansa de las novelas de la radio, las calenturas y enamorarse con el chochón, y se decide a querer subida al pensamiento. Y ahí debes estar dispuesto, en fila preferente, luciendo tus plumas de pavo real. Que la mocita nunca sabe lo que busca, y por tal puede no hallar, pero cuando la hembra se echa al campo, encuentra a puñaos.
—¿Y de pagar?
—Como las borracheras, te vas a Luceto o a Carcajal. Y no lo vengas contando, que su fama deja poso a estiércol.

El señor párroco interrumpe la caminata por la alameda del Lagar. Se extasía de felicidad.

—Ay, las mujeres, las mujeres, bendito infierno...
—¿Usted también, señor párroco?
—¿Yo?, como el que más. Que joder joderemos entre cero y escaso, pero a contarlo no me tumban ni los tres de arriba juntos.
—¿No eran cuatro?
—Joven padawan, gasta la memoria con otros, que a mí me salen sarpullidos cuando me da escuelas un lumbreras. Y para los sarpullidos me sé yo un remedio a guantazo limpio que resulta mano de santo. ¿Oído?
—Oído, señor párroco. ¿Las feas también?

¡Pumba! Una santa hostia de las que quedan recogidas en los sismógrafos de medio planeta. Los cinco dedos de la diestra del señor párroco, recios como morcillas, palpitan colorados en la jeta del zagal.

—¡Cateto! ¡Zascandil! ¡A que te hago un hombre a sopapos! El Altísimo podrá ser todo lo cabrón que sea, o que queramos que sea, que en algo habrá de desovillar la madeja de su eternidad, pero lo que Dios no ha puesto sobre la faz de la Tierra, ha sido mujeres feas. Y remiendos de pobretón te coserá la vida como te aposentes esa lección en los cerebros.

El zagal se frota el rojo en carne viva del tortazo.

—Sí, sí, oído, pero disfrutar como usted disfruta con la mala leche debe ser pecado.
—Yo vigilaré por mi alma y tú vigila por tu cogote. La mala leche hay que tenerla con quién hay que tenerla, dónde hay que tenerla, cómo hay que tenerla y cuándo hay que tenerla. Que lo otro anuncia películas de indios y vaqueros, y por aquí abajo, donde el sudor, la roña y la mierda, lo bueno tira a regular y lo malo va por la misma senda. ¿Oído o no, joven padawan?
—¡Que sí, leñe!








Cristina García Rodero

4 Comentarios:

Sarco Lange dijo...

Antero mi amor, joven Padawan, no hagas que te comente el texto, por favor, no te quiero decir que es una puta obra maestra, no lo hagas Príncipe mío, no lo hagas...

calmA dijo...

Cómo te pasas Antero... un clásico en toda regla.

Chapó

miss desastres dijo...

pero cuando la hembra se echa al campo, encuentra pero a puñaos

qué inmenso, no me canso de decírtelo

jonhan dijo...

¡Qué genialidad!

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