Al Norte puedes ir, el Sur te elige

andabas
y eras Sur
latía la tierra colores
a tu paso

procuré no mirar
pero el dios de lo importante
me lo impidió



—Explícame los colores.
—¿Qué me ofreces?
—Te dejaré que me bañes.
—¿Y que te ponga las braguitas del Goku?
—Están para lavar.
—Guapo.
—Que no, que huelen, las braguitas del Son Goku no.
—¿Y con la luz encendida?
—Depende.
—¿De?
—De cómo te lo curres. ¿El azul es?
—Aquella cena con la peña en la terraza del Tolomeo, ¿vale?, y yo hormigueándote el muslo, patatín, patatán, y tú feliz, muy feliz, y entonces le pedí a la nena de Ruth que me sustituyera, y así estuvo la cría entretenida contigo, patatín, patatán, tú convencida de que era yo el de la felicidad, y al rato la cría te preguntó «¿estás contenta, tita?», y tú, pumba, que rebrincaste y se te encendió la cara de susto roja, roja, roja, ¿sí?, ¿ok?: esa cara colorada es el azul.
—¿Y el rojo?
—Tu nuca. En cuanto que te atas la coleta, con el vello electrificado. El rojo da hambre y alimenta. El rojo tiñe de paz porque declara la guerra de carnes.
—¿Y el verde?
—En el verde me espantas las ratas. Te sujeto la mano, y tú, «¡ea, ya están aquí las ratas!». Y empiezas la faena, pum, pum, pum, y las pisas. Y ya no hay ratas que chillan refregándose los colmillos. El verde.
—¿Y el amarillo?
—Cuando se te escapa un pedo y te ruborizas de bonita, «¿estará cerca?, ¿se habrá despertado?, ¿lo estará oli...»
—Vale, vale, ¿y el violeta?
—En el violeta el pedo me lo ventilo yo y a ti se te avinagra el careto, «y este marrano, mendrugo, melón, que no se separa, no, que se alivia a mi lado».
—¿Y el naranja?
—El naranja es el color de los colores, el de tu coño. Pero el de tu coño maqueado con trenzas de niña que negocia con pucheros no ir al colegio. Tus otros coños lucen otras niñas, que me he doctorado en tu chichi cuando te subes las bragas o te duchas con la luz encendida. Y sí, tu coño pucheroso se embadurna de naranja. Naranja salivado. Naranja tiriti tiriti tiritón. Naranja trenzas. Naranja de inflarse globo y pum, volarte.
—¿Y el rosa?
—En el rosa masticas gandula el brócoli.
—¿Y el añil?
—Ahí te corres, y braceas, y escarbas el agua del aire en pos del fondo. Porque te ahogas. Y porque quieres ahogarte en lo hondo. Te corres en añil.
—¿Y el marrón?
—El marrón es cuando sostienes en brazos al pitufo de la Ruth, con el mimo y la pausa con que los ciegos tentáis a ciegas, y te convences de que serías una gran madre, ¿por qué no?, pero que precisarías un cable, una miajita, otro tipo de hombre a tu lado, serio, adulto, no un tarao de cuarenta tacos, colgado del fumeteo y que no se habla con tu familia, porque se te está pasando el arroz, joder, y que entonces llamas a quien sea y le entregas el chiquillo, «toma, toma, vaya que se me escurra», porque si no te deshicieras de él deprisa, deprisa, reunirías por fin el valor para cortar conmigo. El marrón.




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2 Comentarios:

Anonymous dijo...

de entre los pliegues de los dedos, sobre una leve vibración del olfato, apenas rosando muy por la orilla de la piel, o delineando la orilla de cada cabello al salir el sol y, hasta, cuando la luna brota total en el cielo como una flor solitaria, tu amor al enredar las palabras provoca emisiones de arcoíris en los cuerpos.

Sarco Lange dijo...

El añil:
"Cuando te corres, y braceas, y escarbas el agua del aire en busca del fondo".

Me dejaste helado Antero.

Un beso.

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