Compramos Nocilla, un calibre 22 y nos alojamos en el hotel Palace

Embrida la luz del sol su cuerpo arquitectónicamente femenino. Lozano violoncelo hembruno. Caderas de gravitación cárnica. Piernuchas gordianas que caldean con la magnética sintaxis del pellejo amado. Es adorable como Dios empírico y unta Nocilla al pan Bimbo con la cuchara.

—¿Qué vas a hacer con tanto dinero? —me pregunta.
—¿Tú por qué untas Nocilla con la cuchara?
—Cuando agarro un cuchillo me dan ganas de cortarme. Mira, me taje los pezones. Y solo tendría 14 o 15 años. «Doña Puntazos» que es una. Me lo decía mi vieja: «¡doña Puntazos, que tienes peores reversos que la buena suerte!». ¿Eh, dime?, ¿qué vas a hacer con tanto dinero?

Migajas y grumos de Nocilla le encrespan el vello púbico. Embala la silla de ruedas. Derrapa. Choca. Echa para atrás la cabeza y rompe en carcajadas como santera en éxtasis.

La encontré ametrallada por autistas estribillos, clónicos ritmos de soviético capitalismo carioca. No se parecía a las otras putas que revoloteaban por las tragaperras. No se parecía a nada. Intentamos follar en los cagaderos para discapacitados. Luego saltamos la banca.

—¿Recuerdas el collar de la joyería del vestíbulo? Coge pasta y píllatelo.
—¿De verdad que puedo?
—De verdad.

Dentro de la bolsa del pan Bimbo brilla el revólver como la conciencia extirpada de un animal sacrificado en matarife clandestino. Víscera cansina, maloliente, íntima, que elucubra expuestos pálpitos de ser agónico.

Era una preciosa mañana de otoño. Y amé las alas de los pájaros como nunca…




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