Isabelita y la Virgen

—Don Anselmo, que se me ha aparecido la Virgen muy malamente, en chándal y rebequilla, ojeras, despeinada, sin pintarse y a las puertas de la cantina del Aurelio, para que se publicara el desaliño. ¿Usted se cree? Y entre lo fatal que me sentó eso, que no le engaño, que me puso explotada, y la regla que me ha de bajar, pues que me abalancé sobre ella y nos enganchamos bien enganchadas, a arrancarnos los pelos del coño. Porque nos apartaron los mozos de la cantina que si no nos matamos vivas.
—Isabelita, Isabelita, que tienes unos prontos que los cuento y no me creen.
—Los tengo, los tengo, para qué taparme lo que se sabe, pero ella, y me va a sangrar la lengua de repetírselo, tampoco es trigo limpio. Y que si se me quiere aparecer, adelante, a la hora que diga allí estoy, pero que se me aparezca como dios dejó escrito, don Anselmo, en su esplendor, inmaculada, vestida de domingo, radiante de beatitud y aureolas de santeríos, porque para hacerme ese feo delante de mis vecinas que se quede en su casita o que se vaya a cagar debajo de una higuera. ¡Habrase visto tunanta sinvergüenza!
—Que te embalas, Isabelita.
—Y razones me sobran para el embalamiento, don Anselmo, que cuando le sale de donde mea, bien que se les aparece hermosa y santa a las otras, a la Carmencita, a la Concha, toda deslumbros, toda pureza, con su túnica bordada de oro y sus purpurinas de esmeraldas en el pelo, que luego están contándolo en la peluquería meses. Pero a una no, a una fea y haciendo un recado a disgusto. Vamos, hombre, que qué necesidad tengo yo de que se me aparezca nadie, y menos cuando lo que la tunanta buscaba era faltar y mentarme la madre por lo callado.
—Aplácate, criatura, y no saques el berrinche de quicio, que seguramente fue un despertarse atravesado, un poderle más la virtuosa intención que las maneras.
—Quite, quite, que una tiene el coño negro de entender el mundo. Además, usted es cura y medio santo, y no arruga el entrecejo ni cuando caga duro.
—Pero conozco a la Virgen, contri.
—Por afuera, la conoce por afuera. Que es la Virgen, don Anselmo, y que chasquea los dedos y le envían un ejército de querubines, como los pajarillos de la Cenicienta, para que la engalanen de boda si le sale de su mismísimo. Pero no le salió. Ni de su mismísimo ni de su sucísimo. «¿A quién toca aparición estas Pascuas?, ¿a la Isabelita?, pues que le vayan dando». ¡Vamos, por favor, y todo es por lo que yo me sé!
—¿Y qué te sabes?
—¡Que me ha cogido envidia y no me traga ni pintada, ea!
—¡Pero qué ideas te has puesto en la cabeza, Isabelita!, ¿cómo va a envidiarte la Virgen!
—Pendencias de cuando mocitas, don Anselmo, que ya ha llovido pero el agua cuando se encharca apesta a pocilga. Que desde que el Guzmán, el que se casó con la Paquita, la de la huerta de los Mariegos, ¿sabe usted quién le digo?
—¿El niño de la de Martinita la Pozuelo?
—No, contri, este fue nacido en la calle Arandel, delante de la Fuente Mayor.
—Ah, al que le apodaron el Rosal por lo hermoso.
—El mismo. Pues por causa de que ese mozo se prendó de mí la Virgen me ha pillado una tirria de las que pican muelas. Que el tal Guzmán antes de que echara calva y barriga no le llamaban guapo por gastar palabras, que lo guapo le iba estrecho, y las mocitas del pueblo cloqueábamos por donde pisaba. Y las primeras, la Virgen y yo. Y como el Guzmán nos hacía ojitos a las dos, nos tenía suspirando calenturas. Y yo, una noche de agosto, con la fresca, para zanjar el pleito, me llevé al Guzmán detrás de la Fuente Real y le hice una mamada que, aunque esté feo que una se cuelgue medallas, lo puse a las puertas de la gloria. O lo traspuse porque desde esa noche no hubo competencia, gané el pulso y el Guzmán me rondaba como perrillo faldero. Y ella, la tunanta, iba largando por ahí con ese retintín esaborío de que es capaz la Virgen: «claro, con mamadas cualquiera se lleva al huerto al Guzmán, y que si yo me hubiera echado a perder también me lo hubiera trajinado, pero que una es Virgen y esos desaliños no son de Vírgenes». Bueno, pues si vas de Virgen no te quejes de que te tocó ser Virgen, que para puta no hay carnés, pasaportes o papeles.
—¡Vaya por Dios!
—Y esos son los porqués de los ahoras: la puerca envidia que me guarda esa tunanta, que lo lleva cociendo a fuego lento años y años.
—¿Y qué quieres que yo haga?
—Que la avise que nosotras dos somos enemigas de por vida, que para eso no hay enderezo, ni en este ni en el otro barrio, pero no tenemos por qué matarnos. Cada una a la suya y con los suyos. Y aquí paz y después gloria. Pero como se le ocurra venirme con otro desplante de esos, y delante de mis vecinas, la clavo en la cruz. ¡Dicho queda!




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2 Comentarios:

Ficticia m dijo...

Ni te imaginas lo que me puedo haber llegado a reír.
Eres increíble.
Un beso.

Autógeno dijo...

Descubro mi alopécico aserradero ante su señoría por tan beatífica humorada. Salta al ingenio que también en literaturas somatizar puede ser un arte de sublimes efectos primarios y secundarios.

Este secreto sacramental lo van a leer donde yo me sé, y de rosarios y envidias pobres nos van a mentar las madres: a ti por el brasero furtivo de almas, y a mí por recadero de chascas.

Por supuesto, copio y añado la confesión a mi jardín de flores raras y absolutamente imprescindibles.

Gracias, amigo.

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