¿Qué no cabe en el ataúd de un niño?

que se le fue la calor de la cara
          decía
y le echaba el aliento

que se le fue la calor de la cara
que está como el hielo
que taja
que asusta al susto
tenga usted
tóquelo

¿y la calor
          señor médico
y la calor de mi niño?



—¿No me jodas que te disfrazaste de médico?
—Que no, que no. Sitúate en aquella temporada que Yavin y yo curramos de mensajeros, ¿sí? Pues por unas huelgas en la funeraria o el depósito nos avisaron a nosotros para transportar un ataúd.
—Qué yuyu.
—No te pienses. Íbamos tan ciegos y la cajita que nos entregaron era tan chica, tan llavero, tan click de Famóbil, que nos creímos que picamos las Cirsas; que nos habían encargado suministrar coñas marineras a una despedida de soltero, que los tipos se enrollarían, que nos convidarían al fiestorro, que mamaríamos por la cara, que pillaríamos con las estripers. Así hicimos rodar la bola de nieve durante el viaje. Luego, la yaya gitana, entre las cortas luces, el acojone de los picolos cerca y que fuimos las únicas batas blancas que aparecieron por el chabolo, se montó la película por su cuenta.




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