Quijano desmemoriado

En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme o pudiera ser que quisiera pero que la instancia no alcanzara sus pertinentes magistraturas, que para la memoria toda pendiente es cuesta abajo y echa a rodar por ella con tal donaire andariego que diríase que camina por su propio pie. Y quien pisa con su propio pie guarda su propio destino. Y su propio recorrido. Y no escribo su propia alma para que no me escarben segundas intenciones cuantos enemigos míos al acecho están. Y no debiera, digo de la memoria, porque si es nuestra y está en nosotros, que haga lo que se le manda cuando se le mande, como a la mano, que cuando con la voluntad le dejamos sancionado que acaricie a «esta» o apuñetee al «otro», la mano, a no ser que esté manca, quebrada o retuerta por la edad, acaricia a «esta» o apuñetea al «otro» como le fue dispuesto, aun a riesgo de que «esta» nos rechazare con displicencia o el «otro» nos devolviere el préstamo con cumplidos intereses, que no es potestad de la mano ni retocar ni meter boca a lo estipulado por el oficial del Tercio. Pero, ay, por desdicha, la memoria no la componen diez subordinados dedos y sus riendas no las gobiernan ni sus legítimos capitanes, nosotros mesmos, y atribuyéndome laureles de poeta para florecer lo veraz en una amable exageración (que el que exagera falta a la cantidad no a la verdad), sostengo que la memoria, sanguijuela arraigada, señorona y manipuladora de lo encarnado, lo mesmo nos oscurece un día que fue día, que clarea una noche que fue negrura, para suplirnos en nuestra vida y titiritearnos de igual manera que hacen esos que manejan los hilos de las marionetas, y les insuflan forasteros pareceres, intrusas opiniones, exóticos dictámenes y traspuestos criterios, hurtándonos no ya la hacienda, que es bien que por muy cotizado solo cuesta un precio, si no el resuello de seres vivos (que nadie más que Nuestro Señor puede tasarlo con justedad) de tal forma que nos deja no siendo nosotros en nosotros, mudándonos a vecinos contiguos de nuestra existencia y sustituyendo lo macizo por lo hueco, lo palpado por lo inventado, sin siquiera solicitarnos anuencia o darnos voz para ingeniarle título a la permuta. Así, pues, no uses la memoria y ella no te usará a su antojadizo capricho. Y en caso de que mis luces no te alumbren los reparos fíate de más encumbrados juicios, porque antes que esta villana pluma ya lo dejó escrito para provecho de individuos, haciendas y reinos, el octavo de los siete Sabios de Grecia, Fulgencio de Irvino:

Qué sabrá el recuerdo;
que no dice cuando dice,
que no calla en silencio.








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